sábado, 2 de junio de 2012


DIA NACIONAL DEL PERRO

El Cimarron, dibujo de Patricio de Landaluce (1828-1889)

Pocas veces se ha dicho que el perro como el caballo, el arcabuz y la ballesta fueron las principales armas que usaron los españoles, no sólo para someter sino para aniquilar a los indígenas.  

No se crea sin embargo, que el perro de guerra fue una invención hispana.  

Era empleado en la antigüedad por griegos, romanos y bárbaros, como un verdadero combatiente, pero fue en América donde participó en las luchas entre europeos y naturales, con mayor fuerza que en el Viejo Continente.

Penetrando ahora en la médula del asunto, vamos a demostrar hasta que punto el perro, animal ignorado en América, se constituyó en el arma secreta del Siglo XVI.

El primero que apeló a la bravura de los perros de presa para esclavizar a los hombres primitivos del Nuevo Mundo fue el mismísimo Cristóbal Colón, quien en su segundo viaje trajo a tierras americanas una jauría de perros alanos.  

Unos grabados de la portada de “Historia de los Castellanos en las Islas de Tierra Firme y del Mar Océano” de Antonio Herrera, así lo documenta.

Con veinte alanos de pelo bermejo y hocicos negros, sostuvo el almirante un sangriento combate con los indios de La Española.  

Y desde entonces, la participación en la guerra de la conquista de estos perros de lucha constituyó un recurso despiadado que costó la vida de millares de indios.
A dichos perros se los adiestró en la caza del aborigen, cebándolos con su carne, según se desprende de la información de fray Antonio de Remesal, utilizada por el escritor Alberto M. Salas en su documento trabajo sobre “Armas de la Conquista”.  

Dice el padre De Remesal que el vientre de los perros “fue sepultura de muchos reyes y caciques aborígenes”.

Estas cacerías y perrerías del siglo XVI se generalizaron por todo el continente.  

El cronista Oviedo, habla de un perro famoso llamado Becerrico.  

Lo trajo Pedrarias en 1514 y fue padre del célebre Leoncico, nacido en la isla de San Juan y propiedad del descubridor del Océano Pacífico, Vasco Núñez de Balboa.

Leoncico era un verdadero maestro de desgarramientos y capturas.  

El solo hacía más muertos y prisioneros que los soldados de su amo, por lo cual, desde entonces, se le reconoció el derecho, por acuerdo unánime, a tener parte como cualquiera de los hombres de Balboa, en el botín de oro y esclavos.  

Por supuesto, que esa parte le correspondía a Vasco Núñez.  

Sobre este particular es interesante oír lo que el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo comenta de Leoncico: “Era hijo del perro Becerrico… y no fue menos famoso que el padre.  

Era de un instinto maravilloso… y era tan gran ventor que por maravilla se le escapaba ninguno que se les fuese a los cristianos.  

Y como lo alcanzaba, si el indio estaba quedo, asíale por la muñeca o la mano, o traíalo tan cariñosamente sin morderlo, ni apretarlo, como lo pudiera traer un hombre; pero si se ponía en defensa, hacíale pedazos.  

Y era tan temido de los indios que si diez cristianos iban con el perro, iban más seguros y hacían más que veinte sin él”.

En todo el Darién, según los cronistas de la época, se utilizaron perros de presa.  Para no ser menos que Pedrarias y Balboa, Nicuesa, colonizador de Castilla de Oro, hombre de larga fortuna, agudo ingenio y eximio maestro de la guitarra, adquirió un perro que lo siguió en todas sus peripecias.  

Un buen día, este fiel animal leyó quien sabe que oscuros designios en los ojos hambrientos de su amo (Nicuesa y los suyos se morían de inanición en las márgenes malsanas del río Belén) que lo obligaron a salir, rabo entre piernas, rumbo a las montañas para no regresar más…

Nicuesa lamentó muchísimo la pérdida de su fiel animal, cuando dos días después de la desaparición del perro, el bravo y aguerrido capitán Alonso de Ojeda, colonizador de Urabá, llegó a salvarlo de tan difícil trance.

Volviendo a Leoncico, el can de Balboa, cabe destacar que en la mañana del 12 de enero de 1519, en la que su amo subió al cadalso con estoica dignidad, lo acompañó hasta último momento, y cuando la cabeza del conquistador rodó tronchada, Leoncico estremeció con su lúgubre aullido a los verdugos de Balboa.
La gran jauría de Gonzalo Pizarro

A fines de 1541, Gonzalo Pizarro, a la sazón gobernador del reino de Quito, emprendió la conquista del país llamado de la Canela y de Quijos, esas tierras misteriosas que algunos identificaban con el Dorado.

Partió Pizarro desde la ciudad de Quito al frente de 300 hombres, de los cuales llevaba un tercio a caballo.  Iban además 4.000 indios auxiliares, 3.000 cabezas de ganado y nada menos que 900 perros de presa.

La marcha de la expedición resultó en extremo dura y fatigosa.  Los perros fueron empleados esporádicamente y por puro entretenimiento para amedrentar a los indios de la provincia de Omagua.  

Don Gonzalo cometió actos de crueldad innecesarios “echando a los perros” contra los desprevenidos naturales.

La expedición resultó un fracaso y al emprender el regreso, los hambrientos soldados de Pizarro, que llegaron a comerse hasta sus correajes y adargas de cuero, encontraron en los famélicos perros un buen alimento, no desdeñando ni a los más sarnosos.
A esta altura de la narración perderíamos la oportunidad de señalar dos cualidades del perro archisabidas por el hombre de campo, si no nos detuviéramos un momento para consignarlas.  

El perro, por más bravo que sea, no ataca a las personas que se sientan o se ponen de rodillas o cuclillas.  Oviedo, en su “Historia General”, cuenta al respecto este caso:

 “…soltado el perro luego la alcanzó y como la mujer le vio ya tan denodado contra ella, asentase en la tierra y en su lengua comenzó a hablar y decirle: 

 Perro, señor perro…”.  

En estas circunstancias, los perros de los conquistadores sólo se limitaban a asir a los indígenas por la muñeca o la mano y llevarlos “tan ceñidamente sin mordedura y apretarse, como pudiera traer un hombre”.  La otra cualidad es la de poseer un olfato especial que le permite percibir la cantidad excesiva de adrenalina que despide el cuerpo del sujeto asustado.  Este olor tiene la particularidad de provocar el furor del perro.

Odio y terror al perro de presa

En las Isla de las Perlas, las conquistas de México y el Perú, la entrada del ejército de Diego de Rojas en territorio argentino, las andanzas y aventuras de Giménez de Quesada y Francisco de Villagra, tuvieron destacada actuación los perros alanos.  

Los soldados de Narváez hicieron destrozar por los perros a la madre del cacique Chirihigua y en Panamá murieron 18 caciques más en la misma forma.  

Los perros de Hernán Cortés fueron inmortalizados por los indígenas que los retrataron en las famosas telas de Tlaxcala, y Pedro Mártir de Anglería, menciona en varias páginas otros perros de guerra de la Conquista.

Se salía a “perrear” y a “ranchear” con la misma desaprensión con que salían de caza, pero esta arma poderosa de los conquistadores, que causaba justificado terror, se volvió pronto contra ellos.  

 Algunos perros bravos se alzaron en Cuba, y al cabo de poco tiempo se multiplicaron de tal forma que llegaron a convertirse en serio peligro para los pobladores de las Antillas.  

Los indios comenzaron a amaestrar canes cimarrones y el perro, que había sido el terror de los americanos, pasó a formar parte del hábitat aborigen.  

En cada rancho había una pareja y no existía pueblo en América donde no se contaran quinientos o mil.  Gonzalo Giménez de Quesada, fundador de Bogotá, preocupado por la proliferación canina, puso el grito en el cielo.  

Quesada pensaba –y pensaba bien- que llegaría un día en que “los indios puedan alzarse con el arma viva de estos animales”  Proponía al rey de España que “mande que ningún indio pueda tener perro, si no fuere tan solo cacique, y éste que tenga un perro o dos solamente y macho y no hembra, porque no pueda hacer casta”.

Cimarrones y lobizones

No falta quien atribuya a esos perros cimarrones, tan feroces y devastadores de ganado como el lobo, el origen de algunas leyendas, supersticiones y refranes sobre el tema del perro.  

Mencionaremos las más conocidas, esto es, la del Lobizón y El Familiar; la del perro negro de las ceremonias del lavatorio de ropas de los difuntos; la de los perros fantasmas que acompañaban a los demás perros a ladrar a la Luna, a ver el alma de los que acababan de morir, a encontrar la cueva donde se escondía el secreto de alguna fuga mágica, a ladrarle a la Muerte y al espíritu de los condenados.

El terror y el odio al perro de presa en América, nace del pánico causado por los perros cimarrones que abundaban no solamente en las Antillas, sino también en la campiña uruguaya, donde según el padre Cayetano Cattáneo se habían multiplicado prodigiosamente durante el siglo XVIII.  

 Oigámoslo: “Estos perros vivían en cuevas subterráneas.  Feroces y crueles como los lobos y las hienas, llegaron a hacerse tan temibles, que se organizaron expediciones militares para exterminarlos”.  

Fray Gervasoni, contemporáneo de de Cattáneo, vio grandes manadas de perros en la Banda Oriental a comienzos del siglo XVIII.  Repetiremos con Franklin Mayer, una frase de aquel sacerdote: 

“No he visto en ningún país, perros en tan gran número y de tan marcada corpulencia como aquí”.

Manuel Antonio de la Cruz, citado por Fernando Salas, juez de campaña en la Banda Oriental, escribía al gobernador Ruiz Huidobro: “… que es tanta la cantidad de perros cimarrones y lo mucho que procrean por el poco cuidado que hay en matarlos que es imponderable el daño que hacen a los ganados de manera que sin ponderación ninguna se puede asegurar que más de la tercera parte del procreo se lo come la cimarronada”. 

El juez solicitaba al gobernador que se ordenase a los vecinos a cooperar en la matanza de perros cimarrones.

Artigas utilizó a la “cimarronada”

Los perros cimarrones dejaron sin embargo, un recuerdo histórico que mueve a la gratitud ciudadana, como se desprende de la información de Arreguine sobre la situación de José Gervasio de Artigas en el año 1817.  

Es la siguiente: “Diezmadas se encontraban las fuerzas del Libertador; rota, aunque no abatida, su bandera; sombrío el porvenir y sin más esperanzas que la muerte, pero el altivo caudillo de los orientales rechazó con altura la degradante proposición que se le hacía, contestando al enviado del generalísimo portugués (general Carlos Federico Lecor): 

“Dígale a su amo que cuando me falten hombres para combatir a sus secuaces, los he de pelear con perros cimarrones”.  

Luego agrega el historiados:

 “Todo esto no fue un vano alarde, pues en más de una refriega, también éstos (perros cimarrones) tomaron parte a favor de los republicanos, de quienes parecían ser aliados en aquellas horas de correrías y vicisitudes en que los americanos compraban la independencia al precio de la vida”,

Diremos también, que estos perros cimarrones fueron los asesinos de un gran periodista: el famoso padre Castañeda.

Durante el coloniaje existieron también perros cazadores de avestruces, guasunchos y quirquinchos, de los que nacieron muchos proverbios, refranes, etc.  

“Nunca escapa el cimarrón, si dispara por la loma”, dice Martín Fierro.

Un can llamado Alce cuidaba él solo en los valles del Alto Perú colonial más de cien ovejas.  

En febrero de 1781 los perros de Oruro (Bolivia) participaron de la indignación popular de los criollos ante el descubrimiento de una conjuración extranjera.  

En Colombia se hallaron doce perritos de oro que parecen haber sido el símbolo de la lealtad en la complicada mitología indígena, y era creencia generalizada que el perro es hijo de Dios y el gato del diablo, y que su día es el jueves.

En el interior se creía que algunos perros nobles eran guías de almas y el ejemplo del trato que recibían en Chile sirvió de argumento a los araucanos para hacer oír sus razones en la lucha por la reconquista de sus derechos sociales y políticos.

Cuenta el cronista José Rodríguez Frosle, a raíz de la muerte de un arzobispo de Bogotá, en 1590, que una vez que se extravió mientras cazaba en las cercanías de las vertientes de Frusangá y que fue hallado gracias a una perra de propiedad de su sobrino don Fulgencio de Cárdenas.

Los perros de Carlos V

Mientras todo esto ocurría en América, en el Viejo Continente también seguían empleándose los perros en la guerra, contándose que figuraban 400 de la mejor raza en el ejército de Carlos V, utilizados para combatir a Francisco I de Francia; y sabemos que en el siglo XVI la milicia piamontesa equipaba los perros en número de 200, formando así cuerpos que les proporcionaban muchas satisfacciones en los combates de montaña.

En el libro del romano Flavio Vegecio Renato  “De re militari”, se recomienda que en las torres de las fortalezas se tengan perros de olfato muy fino para avisar la presencia del enemigo.

Además de emplearlos en la vigilancia y en las luchas, los antiguos los utilizaban para sostener las comunicaciones entre los ejércitos y sus puestos de avanzadas.  

Para conseguir este objeto hacían tragar a los perros los despachos de que eran portadores, y al llegar a sus destinos se los mataba para extraerles del estómago el parte de guerra que conducían.

Los cronistas del siglo XVI nada expresan respecto a la rabia canina, cuya difusión llenó de horror las campiñas bonaerense y uruguaya durante la mitad del siglo XIX.  Los perros cimarrones fueron portadores del virus, que no solo trasmitieron a los animales domésticos, sino al hombre, difundiéndolo en forma de epidemia.

Fernando Salas, que se ha ocupado exhaustivamente de los peros cimarrones que infectaban la campaña de la Banda Oriental, cita una lejana referencia de un delegado gubernamental en Paysandú, Nicolás Delgado, quien en el año 1808, en un amplio informe dirigido a las autoridades habla del mal de la rabia.

Fue tanto el temor que despertaron los perros a mediados del siglo pasado, que se llegó a disponer el exterminio total de los mismos, “exceptuando los de casta fina, los de agua, los de perdices y los de presa que sirven para resguardo de la casa, pero con prohibición de tenerlos sueltos y obligarlos a mantenerlos con bozal”.

Los perros cimarrones constituían verdaderas plagas en la campaña y lo fueron hasta bien entrado el siglo XIX.

En 1820, el gobierno de Buenos Aires organizó una “expedición” contra los cimarrones; se mataron muchos canes pero los soldados no quisieron regresar a repetir la hazaña porque en la ciudad los muchachos los llamaban “mataperros”.

Bernardino Rivadavia promulgó los más variados y extravagantes decretos, entre otros el que disponía la persecución de perros en Buenos Aires porque uno de ellos tuvo el atrevimiento de ladrar el caballo del Presidente, que, siendo mal jinete, dio con su osamenta en el barro. 

Esto permitió que al día siguiente, barras de chicos se divirtieran recorriendo las calles de Buenos Aires en persecución de “perros ladradores de caballos”, sobre todo si eran el “caballo del presidente”.

Tal vez por esta condición dañina de los perros, que se alimentaban de vacunos y lanares, como si fueran fieras, nuestros criollos nunca les tuvieron demasiado cariño.  Al pero se lo tolera al lado del hombre de campo, pero sin provocar los extremos de mimos y cariño que otros pueblos, especialmente los anglosajones, suelen dedicarles.  

Cuando Sarmiento salió con aquello de “sed compasivos con los animales”, todo Buenos Aires se rió; el argentino era uno de los pueblos más incompasivos con los seres irracionales.  

Hasta Clemenceau se asombraría de l amanera brutal como se domaban los potros, en 1910.  Es significativo que en el “Martín Fierro” nunca se hable de los perros y que muy pocos personajes célebres de nuestra historia hayan tenido a su lado canes.  

Una excepción fue Urquiza, que siempre tenía dos o tres muy grandes y los llevaba en sus campañas; el más conocido era uno llamado “Purvis”, tal vez en recuerdo del almirante inglés que mandó una de las flotas bloqueadora del Río de la Plata.  

Rosas no parece haber tenido perros en su intimidad e inclusive en sus famosas “Instrucciones” ordenaba no permitir más que unos pocos en los puestos y cascos de sus estancias.

Pero estas son ya historias particulares.  

Y lo importante de esta nota es establecer la evolución que tuvo la imagen del can en la historia americana y argentina: de terrible cazador de hombres y plaga de la campaña hasta el fiel y agradable compañero que es hoy.

Fuente

Abregú Mittelbach, Guillermo – Perrerías.
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
Fernández de Oviedo, Gonzalo – Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano.
Todo es Historia, Año II, Nº 13, Mayo 1968.

martes, 29 de mayo de 2012


                            29 DE MAYO


Nació ese día, cuatro días después de parida la Patria. 

Sin vestuario, munición y solo a lanza y sable se largó a los caminos para apuntalar la libertad. 

Nunca se le hizo fácil su accionar, desde Cotagaita y Suipacha hasta hoy acumuló en su haber coraje y heroísmo. 

Donde la Patria necesitaba un puesto, un fortín, una mera guardia o defenderse de una agresión allí siempre estuvo y sus hombres no escatimaron sacrificios ni tormentos y aunque solo tenían un brazo fuerte y un sable para defenderla nunca se supo de ninguno de ellos que le diera la espalda.

Hoy quieren matarlo. 

Se han juntado mercenarios traidores y descaradas meretrices que repiten estrafalarias historias nacidas de aquellos que con las armas nunca pudieron derrotarlo. 

Hoy apelan al desconcierto estúpido de los que, muertos de miedo, les golpeaban las puertas para que los salvaran de un destino de lacayos y ya tranquilos aceptan hoy como verdad cualquier afrenta vil que se use para desangrarlo.

Sin embargo, pese a que esta caterva roñosa cuenta con medios de difusión de cualquier color y enjuague, con escribas que pergeñan textos amañados y con genuflexos urgidos por puestos y canonjías, se me hace que no lo van a lograr.

Quizás haya más razones pero se que no lo van a lograr porque veo a Viejos Soldados tomar la persecución de que son objeto como un acto de servicio más, porque pese a las diatribas infames, a las mentiras abyectas, a las descaradas traiciones hay quienes siguen creyendo con fuerza de dogma que un soldado, al igual que un sacerdote, es in aeternum, que no necesita un uniforme para ser lo que es, pero que si lo tiene no lo deshonrará, pero fundamentalmente porque aún hay quienes, jóvenes, sabiendo que su futuro será de privaciones siguen creyendo que es milicia la vida del hombre sobre la tierra.

Solo le pido a Dios Nuestro Señor- Nuestro Dios de los Ejércitos- que le siga dando fuerzas, lo afirme en sus tradiciones, lo sustente en los malos momentos y proteja siempre a sus hombres, que seguro jamás rezan por sus vidas sino por cumplir cabalmente con su deber, porque si algo es seguro es que sin él no hay Patria.

JOSE LUIS MILIA

martes, 15 de mayo de 2012



LOS CHALCHALEROS

En Salta, la denominación "Chalchalero" tiene varias acepciones.

 Una de ellas es la que por la cual se denomina al Zorzal, un pájaro que tiene predilección por comer los frutos de un arbusto llamado "Chalchal"

Debutaron el l6 de junio de l948 en el Teatro Alberdi de Salta. 

A sala repleta con el tema la Zamba del Grillo (Atahualpa Yupanqui). 

Inmediatamente después del debut, el conjunto comenzó a hacerse cada vez más popular en la provincia. Así vinieron zambas memorables como Lloraré (autor anónimo), que se convirtió en el primer gran éxito del conjunto y en la primera grabación de Los Chalchas en un estudio. 

También El Cocherito (anónimo), La Artillera (anónimo), El arriero va (Atahualpa Yupanqui), y otras canciones populares como La López Pereyra (Artidorio Cresceri) y la Zamba de Vargas (recopilada por Chazarreta).

Han pasado por su formación: Aldo Saravia, Dicky Dávalos, Cocho Zambrano, Carlos Franco Sosa, José Antonio Saravia Toledo, el inolvidable Ernesto Cabeza y la actual formación con su fundador Juan Carlos Saravia, Polo Román, Pancho Figueroa y Facundo Saravia.

Cumplieron 52 años de trayectoria, unos de los pocos casos, tal vez el único para un conjunto folclórico en Argentina, también en Latinoamérica y, quizá aún, en el mundo entero.

Desde su Salta natal han sabido mantener la tradición a estadios y teatros llenos de entusiastas admiradores de todas las edades.

A pesar del éxito continuo, Los Chalchaleros sintetizan la historia viva del folklore en nuestro país y en el mundo. 

Habiendo vivido la época dorada del folklore durante la década del 60, siguiendo tan actuales como siempre en los años del nuevo milenio.

Los Chalchaleros, como todos dicen "son toda una institución y casi una leyenda", para otros, sinónimo de coherencia artística y para los argentinos, gran parte de nuestras vidas.

En junio del año 98, "Los Chalchas", con motivo del festejo. de sus 50 años de trayectoria, fueron distinguidos como visitantes ilustres en muchas de las ciudades que visitaron, como así también recibieron la distinción de ser declarados 

"De interés Cultural- por parte de la Cámara de Diputados y Senadores de la Nación.


Cada zamba, gato, chacarera, chamamé y valsesito fueron editados por un motivo particularísimo, tienen una historia.Pero para hablar de historia, mejor remontarnos a la prehistoria de Los Chalchaleros.

Fue una tarde en la primavera de l947, más precisamente en la fiesta de los estudiantes de un grupo de jóvenes salteños, en la Sociedad Rural.

Aunque parezca mentira, entre esos jóvenes estábamos nosotros, los primeros cuatro integrantes del grupo, desparramados entre otros jóvenes como nosotros, sin saber que teníamos un destino común.

Víctor José Zambrano (Cocho para los amigos) y Carlos Franco Sosa (Pelusa) formaban un dúo, y esa noche habían preparado unas zambitas para cantar. 

Por otro lado, estábamos Aldo Saravia (El Chivo) y yo (el gordo, ya desde entonces).

Lejos de que existiera la pica, nos pusimos a hablar amistosamente, por lo que luego de las actuaciones quedamos en juntarnos los cuatro para armar un conjunto.

Como buenos provincianos, la concreción del conjunto la dejamos para el año entrante. 

Para ser sincero, debo decir que no sabría explicar con exactitud por qué nos autobautizamos Los Chalchaleros.

Recuerdo que fue como una broma, porque cantábamos de entrecasa, y tocábamos la guitarra muy caseramente.

En Salta, la denominación "Chalchalero" tiene varias acepciones. En primer lugar se denomina así al Zorzal, un pájaro que tiene predilección por comer los frutos de un arbusto llamado "Chalchal". También se le dice Chalchalero a aquella persona a la que le gusta darse corte o se muestra vanidosa.Además, en Salta se usa la palabra Chalchalero -desde siempre- para denominar lo que ahora se llama popularmente "trucho".

Elijan ustedes, pues, el significado que más les guste; nosotros creemos que fue por un poco de cada uno.Después de meses y meses de practicar en lo de mis padres, en lo de la madre de Cocho, en todos lados, debutamos el l6 de junio de l948 en el Teatro Alberdi de Salta.

A sala repleta nos preparamos para ejecutar la Zamba del Grillo (Atahualpa Yupanqui).

Era la primera vez que Los Chalchaleros tocábamos en público. Nunca me olvidaré de ese día, y no justamente porque fuera nuestro debut.Hoy lo recuerdo como un bautismo de fuego.

Pelusa Franco tenía que hacer la introducción, y de los nervios, empezó tocando tan rápido que más que una zamba parecía una cueca. 

Yo me le arrimé, lo miré fijo y le susurré serio y apretando los dientes: "Más lento...".

Fue entonces cuando Aldo Saravia, que estaba a mi lado, escucha: "Adentro!..", y se largó con la primera estrófa antes de tiempo. 

Yo tuve ganas de tirarme encima suyo para callarlo, pero Aldito siguió para adelante, cantando como si nada, hasta que finalmente se encarriló en la melodía.

Bueno... todos lo seguimos.

Y así, entreveros de por medio, de golpe nos encontramos cantando frente a un grupo de amigos, relajados, divirtiéndonos, y cada estrofa salía cada vez más linda, y nosotros entonados y serenos, hasta que escuchamos un aplauso caluroso, el primer aplauso a Los Chalchas, que algunos dicen "llegó hasta el cielo".

Inmediatamente después del debut, el conjunto comenzó a hacerse cada vez más popular en la provincia.Así vinieron zambas memorables como Lloraré (autor anónimo), que se convirtió en el primer gran éxito del conjunto y en la primera grabación de Los Chalchas en un estudio.

También El Cocherito (anónimo), La Artillera (anónimo), El arriero va (Atahualpa Yupanqui), y otras canciones populares como La López Pereyra (Artidorio Cresceri) y la Zamba de Vargas (recopilada por Chazarreta).

Yo vendo unos ojos negros (canción popular) la incorporamos al conjunto en el año ¹50, y fue un tema que marcó un cambio en el cantar de Los Chalchas.

Desde l948 hasta l950 cantábamos los cuatro juntos, todas las canciones.Creo que esta forma de interpretar los temas nos ayudaba a disimular un poco los errores particulares de cada uno, homogeneizaba el sonido, dándole fuerza.

Pero en la primavera de l950 nos sentíamos tan a gusto con los sonidos que iba logrando el grupo que resolvimos que uno de los cuatro cantara como solista algunas estrofas, para que todos volviéramos a cantar juntos en el estribillo.

Fue entonces que alguien dijo que fuera yo el solista, y así fue. Esto cambió mi vida por completo.Una tarde, en rueda de amigos, estrenamos esta nueva forma de cantar Yo vendo unos ojos negros. 

En esa reunión estaba la "Negra Arias Uriburu", una joven de piel blanca, pelo negro y enormes ojos verdes que, después de escucharnos, juró que se "pondría de novia con el gordito".

Y así fue.

A los dos años de esa tarde nos estábamos casando. Con la vida en común vendrían siete hijos, de los cuales viven cinco: Carolina, Facundo, Santiago, Juan Carlos (don Juan) y Sebastián.Un párrafo aparte para Campanitas: esta canción popular la grábamos por idea de José Antonio Saravia Toledo (El Chango), quien era fanático de una grabación de Carlos Gardel, que solía escuchar en su finca de Metán Viejo, y que muchas veces nos la hizo oír.Me acuerdo que la pasaba en un disco de 78 revoluciones.La formación de Los Chalchaleros ha ido cambiando con el tiempo. 

Hubo exactamente l0 Chalchaleros, y cada uno le dio al conjunto su toque personal como para que, aún hoy, Los Chalchas gocen de buena salud a los 50 años de una vida de canto.

En l949, al año de nuestro debut, Aldo consiguió un puesto más rentado y menos expuesto en Orán, a 400 kilómetros de la ciudad de Salta, en el Banco de la Provincia.A nosotros nos pareció lógico que apostara a lo seguro. 

¿Quién iba a decir por entonces que íbamos a vivir de esto? 

En su lugar entró El Chango José Antonio Saravia Toledo, que tenía mismo apellido pero no era muy pariente mío ni de Aldo.En l950 Pelusa Sosa se va a estudiar arquitectura a la ciudad de Córdoba.

Entonces apareció Ricardo Federico Dávalos (Dicky) y dijo que quería reemplazar a Pelusa."Dicky" era un muchacho de unos treinta años (9 más grande que nosotros), rubio, que cosechaba admiradoras en las guitarreadas cantando "hasta en inglés".

La cuestión es que Cocho quiso tomarle a Dicky un examen de ingreso. 

Yo le decía: ¿Te parece?, porque me parecía un poco prepotente de nuestra parte.El tema es que el examen se lo tomamos en la casa de la madre de Cocho, y Dicky se sacó un 10.

Esta formación permaneció hasta fines del 53, cuando se produce la incorporación a Los Chalchas de Ernesto Cabezas (Cabecita), que hizo un enroque con el Chango al mejor estilo de un ministro de gobierno.

El Chango dejó el grupo porque quería instalarse definitivamente en Salta para ejercer su profesión de abogado.

En la próxima parada, que vendría a ser el año 56, se bajó Cocho, que se cansó de viajar y de extrañar su casa y su familia.

No sabíamos qué hacer. 

Después de pensarlo y debatirlo llamamos a Aldo, por estas alturas convertido en todo un bancario, y lo tentamos con la propuesta de volver de nuevo al grupo.

Aldo, inmediata y telefónicamente nos contestó: 

"Ahora mismo me estoy sentando en la máquina para escribir la renuncia".

Y así le dijo adiós al Banco Provincial de Salta en Orán, vestido con una ropa de gaucho prestada, mientras le hacían a nuevo nuestros típicos trajes.

Es indudable que la incorporación de Cabeza, -nacido en la localidad hoy llamada Ingeniero Jacobacci-, le dio al conjunto una gran musicalidad, un sello característico en la armonía, una guitarra típicamente Chalchalera, una guitarra que hizo escuela en muchos conjuntos folklóricos que surgieron por la época.

Cabeza fue a Los Chalchas el condimento exacto para que todos encontráramos un lugar determinado en el conjunto.

Uno escucha esa guitarra y antes de que largue la zamba ya sabe que son Los Chalchas, desde los primeros acordes.Ya entrando en el segundo disco, figuran zambas tan importantes como "La Nochera", la primera zamba de Cabeza, que 4 años antes había ganado el segundo premio de un concurso en Salta.

También la "Zamba del Chalchalero", que también tiene su historia. Sobre la base del saludo musical, tarareo y silbido con que cerrábamos casi todos los shows, le pedimos a "Cabecita" que construyera la zamba en su totalidad, que era más o menos como darle un botón a un sastre y pedirle que con ese único detalle arme todo un traje.

Fue por eso que Cabeza se tomó 4 o 5 años en terminar de componerla.

Ustedes dirán si valió la espera, nosotros consideramos que sí, aunque por respeto a su exquisita manera de ser, muy de vez en cuando, durante 5 años, le preguntábamos : 

"¿...Y?".Y él nos contestaba muy lacónicamente: 

"¡Ya vá!".Cuando la terminó lo llamamos a Jaime Dávalos para que le pusiera la letra, y combinamos de firmarla los 5 como autores por partes iguales.

En l96l la vida nos sorprendió con un cachetazo...
Pero en el 67 es Dicky el que se va del grupo para poder disfrutar de sus nietos.

El mismo Dicky convoca a Ricardo Francisco Figueroa (Pancho), un chaqueño nacido en Resistencia, peinado a la gomina, y amante de los chamamés.

Pancho nos resultó divertidísimo.

Nos dijeron que había un músico que nos imitaba perfecto a cada uno de Los Chalchas.

Ese era Pancho, que con su dejo al hablar y cantar nos hizo enamorar del chamamé, esa música tan particular del litoral argentino.

Durante los años 70 los horizontes musicales del conjunto se ampliaron enormemente. 

El primer chamamé que hicimos fue un boom: Merceditas (Sixto Ríos).Luego vinieron La Cerrillana (Abel Mónico y Marcos Tames), y Que seas vos (Marta Mendicute).

También hicimos dos clásicos: "Angélica" y "Chiquilín", ambos temas de Roberto Cambaré.Por estos tiempos fue vital la creatividad de Cabeza. 

Por ejemplo, "Cabecita" propuso que tocáramos la "Zamba del Regreso" (Sergio Villar) con dos bombos. 

Este tipo de arreglos y matices eran los que planteaba Ernesto: jugar con la fuerza de los bombos y los silencios musicales que creaba con su guitarra.

Así, sin darnos cuenta, fuimos modulando una forma de acompañar el canto, una manera muy apreciada por el público y hasta por nuestros propios colegas.

Eran momentos brillantes, donde supimos compaginar la métrica perfecta de Dicky en la guitarra que era realmente un metrónomo, Ernesto con la dulzura de sus punteos, y yo que me daba el lujo de practicar un contrarritmo que me salía naturalmente, al lado de estos dos monstruos del ritmo y la armonía.

En la tercera década la pegamos con un par de zambas inolvidables.

Cocho y Ernesto crean la zamba Alma de Nogal, que es la primera canción de Cocho.

La zamba es un homenaje a la guitarra de Ernesto, y enseguida se convirtió en un éxito. A veces Cocho bigoteaba, oteaba el público y me susurraba contento: 

"¡Hay mujeraje!".Por lo que entonces yo tenía que interpretar la versión "seductora" de la zamba.En este tercer disco hay canciones en las cuales cometimos, involuntaria mente, algunos errores con respecto a las letras de las canciones. 

Por ejemplo la letra de la zamba "A qué volver" la levantamos de una grabación de Eduardo Falú.

En el estribillo hay una parte que dice: "...para que duela tu ausencia...", pero nosotros entendimos "para que muera tu ausencia", y así la grabamos.

Después, alguien nos hizo notar el error, pero de todas formas la seguimos cantando en nuestra "versión chalchalera".

En Angélica ocurrió algo parecido: en el estribillo, la letra "verdadera" dice: 

"...mis brazos fueron tu nido, tu velo, la luz de la luna entre los álamos..."

Pero nosotros, que ésta vez habíamos copiado la letra de una grabación de los Quilla Huasi, grabamos "pelo" en vez de "velo", es decir, nada que ver la figura poética del velo de novia con el pelo de Angélica...

Durante más de 20 años dijimos "pelo" en lugar de "velo", y nuestros fans cantaron, durante más de 20 años, ese error involuntario.

Pero hace un poco más de un año empezamos a decir bien la estrofa.

Con la zamba "Jamás" nos pasó algo curioso.Estábamos en Comodoro Rivadavia, y un amigo nuestro, un tal Pizarro, cantaba todo el día esa zamba. 

Cabeza la escuchó cantada por él, y me dijo que la música le parecía buena.

"Si te gusta la letra la podríamos cantar, ¿no?".

El autor era un tal Juan Carlos Speciale, alguien a quien no conocíamos. 

Pero la zamba nos gustó, y empezamos a ensayarla, y le quitamos una cantidad impresionante de "jamases", y finalmente la grabamos, y enseguida fue un éxito que todavía hoy dura.

La cuestión es que un día, caminando por la calle, me encuentro con un amigo mío, gran cantor de boleros, muy conocido en toda América Latina como "Chito Galindo".

"Chito" me paró en plena calle, me saludó y me dijo: 

-"Te agradezco la grabación que hicieron de mi zamba".

Yo me quedé helado, no sabía de qué me hablaba. 

- "¿Qué zamba?" le pregunté boquiabierto. 

-"¡Jamás!" me contestó Chito contento.Ahí mismo no supe si pedirle primero disculpas o permiso... 

Nosotros habíamos cambiado la letra sin su autorización, porque no sabíamos ni remota mente que Chito era el tal Speciale

.Pero gracias a Dios Chito estaba totalmente de acuerdo con la "versión chalchalera" de su tema.

Así, de esta forma, Los Chalchaleros fuimos eligiendo el repertorio de cada disco, de cada show. 

Nunca nos fijábamos quién era el autor de los temas.

Si nos gustaba, la cantábamos, y después preguntábamos de quién era.

En los años ochenta también nos acompañó la suerte, y fuimos protagonistas de éxitos muy importantes, además de canciones nuestras como la Zambita del patio i tierra, de Polo y Marcelo Ferreyra; o el vals Plaza 9 de julio, que hicimos con Pancho.

A este valcesito lo recuerdo con especial cariño porque refleja una época maravillosa de mi vida, cuando tenía l7 ó l8 años y era un muchacho alto, flaco, y buen mozo, en realidad una pinturita, ese muchacho que todos tenemos en un rincón del corazón.

En ésta época surge la famosa zamba La guitarra perdida, compuesta por Ernesto Cabeza y el poeta salteño José Ríos.

Esta zamba nació la noche que le robaron del auto la guitarra a Ernesto.

Cuando se enteró Ríos casi se pone a llorar, entonces escribió un poema llamando a la guitarra, un poema al que suscribimos todos, porque realmente la guitarra de Ernesto era un instrumento de lujo, casi angélical.

Pero el cuento no termina ahí.Un día, como a los l0 años del incidente del robo, yo me reencontré fugazmente con la vieja guitarra de Ernesto en un estudio de Radio Splendid en el que tocábamos nosotros, y luego una orquesta de tango...

Después de las presentaciones, reconocí la guitarra sobre un piano de cola, salí corriendo del estudio a buscar a Ernesto, pero cuando volvimos la guitarra había sido enfundada y cargada por su nuevo dueño, a quien no pudimos conocer, ni siquiera preguntarle si la había robado o comprado...

Supongo que esa mágica guitarra todavía debe seguir dando musicales sonidos.En el verano de l980 algún otro ángel volvió a quedarse dormido, y un médico nos diagnosticó que Cabeza sufría de un cáncer de esófago.

Recuerdo que estábamos en Mar del Plata, en plena temporada, y el golpe fue durísimo.

Cabeza murió el 2l de septiembre de l980.Fueron nueve meses de lucha, de visitar al Padre Mario, de parir su propia muerte, que llegó un 2l de septiembre tan importante y decisivo para el grupo como aquel en que Los Chalchaleros fueron gestados.

Durante los 2 siguientes años Los Chalchaleros fueron 3: Polo, Pancho y yo.Ernesto era irreemplazable física y musicalmente. 

Y no sólo nos dejó su alma en el conjunto.También nos dejó a su sucesor...

Cuando enfermó, en enero del 80, teníamos programada una serie de giras por América (Perú, Ecuador, Colombia y los Estados Unidos).

Fue por eso que Cabeza me pide un favor: "lleválo a Facundo en mi lugar".

Por ese entonces Facundo estudiaba agronomía y cantaba folklore con Los Zorzales, que eran sus hermanos Santiago y Juan.

Así empezamos tocando de vez en cuando con Facundo, y siempre los tres.Muchas veces dejábamos un espacio en el escenario con un micrófono vacío, como si estuviéramos los cuatro cantando.

Mientras tanto a Cabeza se le iba apagando la voz, y no sólo ya no cantaba: prácticamente no podía tragar la comida.

Pero seguimos adelante como quería Ernesto, y como nos lo pedía el público.

Después de su muerte, Facundo nos empezó a acompañar cuando su carrera universitaria se lo permitía.

Hasta que en los clubes y festivales ya nos pedían por contrato al chico.En l983 Facundo Saravia, mi hijo mayor, ya forma parte del elenco estable de Los Chalchas, atrayendo consigo a una multitud de jóvenes que comenzaron a interesarse por el folklore.

Desde el momento en que conocieron sus canciones y zambas: Una zamba que trata sobre la desilusión y la soledad que acarrean las drogas (El resplandor), una canción para nuestro país (Una canción de aquí), y una chacarera que intenta convencer a los jóvenes de que el folklore no es una música de y para gente grande (Si de cantar se trata), entre otros temas.

La repercusión del ingreso de Facundo a Los Chalchas fue tal, que en l995 se vio obligado a editar un disco como solista ("Transparencias"), y otro más al año siguiente ("Artesanos de la voluntad").

De todas formas, la ausencia de Ernesto nos había afectado emotiva y sonoramente.Es decir: empezamos a sonar distinto, y nosotros lo sentíamos como quien siente que está cambiando la piel.

La Zamba a Los Chalchas nació para cuando el grupo cumplió 40 años de canto, y lo festejamos con 4 recitales en el Teatro Opera de Buenos Aires.Recuerdo que Pancho me comentó que había creado una melodía, y me pidió que le pusiera la letra.

Pues bien, entonces hice la letra. Pero Pancho después le agregó un par de cosas, y no quedó del todo conforme con el resultado final.

Entonces Pancho guardó su música y yo le pasé mi letra de la Zamba a Los Chalchas a Facundo, y él le puso la música.

La zamba es un homenaje a los l0 integrantes de Los Chalchaleros, por riguroso orden cronológico de aparición.Con lo que había quedado de la primera, melodía, Pancho creó la Zamba a Pucará.

Después de grabar durante casi 40 años en R.C.A. Víctor, resolvimos cambiar de sello discográfico. 

Entre otras cosas, porque de un día para el otro la marca dejó de llamarse Víctor, y quedó solamente R.C.A.Al tiempo, suprimieron el perro del famoso logotipo del perrito escuchando la voz de su amo por la bocina de la vitrola, y finalmente, cambiaron R.C.A. por B.M.G.Tanto cambio nos mareó: extrañábamos al perro, y el nuevo nombre se parecía más a una marca de autos lujosos que a nuestra vieja compañía grabadora.

Aprovechamos los aires de cambio, y le comunicamos al sello que queríamos terminar el contrato, que vencía al año siguiente.

En la grabadora estuvieron de acuerdo, pero nos pusieron una condición: que grabáramos un disco más, y recién ahí quedaríamos "libres".

Esa imposición no nos gustó para nada, pero finalmente aceptamos.

Nos pusimos a pensar, maliciosamente, cómo podíamos jorobarlos, y resolvimos que lo haríamos grabando todo el disco con canciones nuestras, imaginando que no vendería mucho, casi deseando que fuera un fracaso total en las gateras.

Pero como las cosas mal hechas nunca salen bien para el que las hace, ese disco (que se llamó "Si de cantar se trata") fue un éxito total en los años 80, estuvo rankeado durante meses entre los l5 primeros, y muchas de aquellas canciones todavía hoy las seguimos cantando.De R.C.A. pasamos a Microfón, donde estuvimos dos años.

De ahí nos mudamos a M y M, donde grabamos durante otros dos años.

Había algo que no cerraba: estos sellos nos decían que Los Chalchas éramos artistas de catálogo, que no vendíamos más de l000 copias por disco.

Pero nosotros nos dábamos cuenta de que en los shows la gente nos iba a ver con los discos en la mano para que se los autografiáramos, y ahí es donde las cuentas no cerraban.

Entonces, asumimos nuestra mayoría de edad, y nos animamos a producirnos por nuestra propia cuenta.Aprovechamos una gira por Europa y grabamos en Colonia, Alemania, el primer compacto independiente de Los Chalchas ("En Europa").

Al año siguiente hicimos lo mismo.Al mismo tiempo, Facundo y Polo quisieron darme la sorpresa de preparar un show en el Teatro Opera de Buenos Aires, para festejar los 40 años del conjunto.

Pero el teatro les ofreció tres noches, o nada.

Ellos, desanimados y asustados por el riesgo de lo que implicaba afrontar un desafío como ese vinieron a contarme la idea, que masticamos entre los cuatro, y nos animamos a aceptar el compromiso.

Desde entonces, nos damos el lujo de tocar, una vez al año, en uno de los teatros más taquilleros de la calle Corrientes.Los años noventa encontraron la formación actual de Los Chalchaleros: Polo, Pancho, Facundo y yo.

En nombre de los cuatro, quiero dejar como testimonio de admiración a sus autores canciones de Polo Giménez, la peruana Chabuca Granda, don Atahualpa Yupanqui, la chilena Violeta Parra, el Chango Rodríguez, el colega Ignacio Anzoátegui, los Hermanos Abalos, Eduardo Falú, Jaime Dávalos... en fin, nuestros compañeros de ruta.

La empresa que nos edita y distribuye los discos es D.B.N. (Distribuidora Belgrano Norte).Las canciones del éste disco ("Una Leyenda") fueron grabadas en sistema digital, en un estudio de grabación de la Biblioteca Nacional de Ciegos, que tiene los más modernos equipos de grabación, y técnicamente dirigidos por Jorge Beren, amigo y colega en los controles.

Si esta colección les gusta es por que elegimos bien las canciones y porque todavía cantamos lindo, y si no les gusta es por culpa de Jorge, del estudio de grabación y de la Biblioteca Nacional de Ciegos.

Evoquen, entonces, el sonido de la guitarra de Ernesto Cabeza con todo su encanto, de la voz de Dicky Dávalos, de los bombos de Aldo y Cocho, del punteo de los 3 primeros discos en 78 revoluciones, que grabamos con el Chango Saravia Toledo, y de toda la nostalgia que significa para mí el recuerdo constante de haber convivido todos los detalles de una vida de canto con cada uno de ellos. 

Y de ustedes.

Gracias
Juan Carlos Saravia